Alicia Penalba - Héctor García Miranda · 19.11.2025 - 01.02.2026

Puls andán

texto curatorial

Curaduría Javier Villa

Puls andán

En la distancia entre la piedra y el aire, entre la vibración y el ritmo, Alicia Penalba y Héctor García Miranda construyeron un mismo horizonte: el de una modernidad latinoamericana que se afirma desde el exilio y se reinventa en diálogo con Europa. Ambos partieron de la Argentina hacia París —ella en los años cuarenta, él en 1959— y desde allí buscaron nuevos lenguajes para expresar una raíz que no se diluye, sino que se transforma. En las obras sobre papel de Penalba —collages, litografías, dibujos—, las formas parecen suspenderse entre lo mineral y lo aéreo. Títulos como Quechua, Aymara, Raíces del aire o Piedra de los Andes revelan su atención a una geografía ancestral. Aunque su formación se consolidó en la abstracción europea, Penalba nunca dejó atrás la intensidad de su infancia patagónica. Ella misma evocó el paisaje de Corral Chico, en Río Negro, como “la fortuna de su vida”. En esos horizontes de viento y silencio encontró el principio de su lenguaje escultórico, una manera de entender el espacio como energía viva. En sus papeles, esa experiencia se traduce en ritmos y en ascensos: planos que se elevan, fragmentos que se sostienen en tensión, líneas que buscan sostener el vacío. Lo andino aparece no como cita etnográfica, sino como respiración y ritmo: un modo de mirar el mundo desde la gravedad de la tierra y la ligereza del aire. García Miranda, formado también en Buenos Aires, exploró en París dos caminos que se cruzan: la abstracción geométrica y la música popular andina. En el seno del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), junto a Le Parc, Sobrino y García Rossi, entre otros, trabajó sobre la percepción y el movimiento óptico; la luz como materia activa. Su pintura expande la geometría hacia una experiencia vibratoria, casi sonora. En paralelo, fundó Los Calchakis, grupo con el que difundió la música latinoamericana en Europa. Su nombre —tomado de los valles Calchaquíes— ya proponía una geografía del sonido: quenas, charangos y sikus como instrumentos de memoria. Con ellos, García Miranda trasladó al oído europeo la altura y el pulso de los Andes, del mismo modo que en su pintura trasladaba la vibración de la luz al ojo. Penalba y García Miranda compartieron en sus prácticas una misma tensión: cómo sostener la raíz en el desplazamiento, cómo traducir lo autóctono a un lenguaje contemporáneo e internacional. En ambos casos, lo latinoamericano no es una cita folklórica sino una fuerza estructural: una manera de entender los ritmos de la materia y del vacío. Las formas  suspendidas de Penalba y las tramas ópticas de García Miranda dialogan como dos versiones de una misma respiración continental, pero a distintos ritmos. Sus obras no representan la montaña o el viento, sino que los encarnan: la vibración, el pulso, el ascenso. Entre ellos se abre un territorio compartido: el de la abstracción como escucha de un territorio propio. La exposición Pulso andino se gesta desde un documento histórico que reúne a ambos artistas: un film de la década de los 60 donde Los Calchakis interpretan la zamba El indio muerto en el taller de Penalba. La música de unos se cuela entre las esculturas de la otra, como si se tratase del mejor paisaje para que esas notas bailen entre las piedras.

 

 

Sobre Alicia Penalba

En el universo escultórico de Alicia Penalba (San Pedro, 1913 – París, 1982), la materia se expande como si buscara una respiración propia. Pero en sus obras sobre papel —collages, dibujos, litografías—, esa expansión se traduce en gesto, en trazo y en ritmo. Allí donde el bronce y la piedra levantan cuerpos verticales, el papel registra un pensamiento en movimiento, una arquitectura que se vuelve leve y sonora. Lejos de ser un campo menor o preparatorio, el papel en Penalba funciona como un territorio de libertad. En los collages de los años sesenta y setenta, planos recortados se superponen como si dialogaran con los cortes y los vacíos de sus esculturas. Los dibujos, por su parte, exploran el impulso del trazo que sostiene la forma antes de volverse materia, como si en ellos habitara la energía inicial de la escultura. Y en las litografías, la artista traslada esa búsqueda hacia un lenguaje más próximo a lo musical: repeticiones, variaciones, tensiones entre la línea y el espacio. Si bien Penalba desarrolló gran parte de su carrera en Europa, sus raíces latinoamericanas laten en la vitalidad de sus composiciones y en los títulos que elige, como Quechua o Aymara. Son nombres que invocan lenguas, territorios y mitologías. En ellos, una geografía interior se entrelaza con la abstracción moderna, recordando que su mirada hacia la forma es también afectiva y terrenal.
En las obras sobre papel, esa conexión con lo telúrico se vuelve íntima. Las figuras emergen como hojas, plumas o rocas suspendidas. Su energía corporal está siempre implícita: el pulso del trazo o del corte, la insistencia del ritmo. Como si la artista inscribiera en el plano la memoria de una danza mineral. La relación con lo andino, la montaña y el territorio se vuelve matriz del sentido. Allí donde la escultura eleva cuerpos verticales, el papel condensa la energía del ascenso: fragmentos que parecen surgir de la tierra y volverse piedra en vuelo. En sus collages, los planos recortados parecen estratos o placas tectónicas que se desplazan y se superponen; conjuntos que recuerdan cordilleras o montículos ceremoniales y que, a su vez, conservan la tensión de una línea que asciende, que busca sostener el vacío como si fuera materia. Esa verticalidad, tan característica de Penalba, podría pensarse como una forma de diálogo con la montaña: una voluntad de elevar lo terrestre sin desprenderlo del suelo. El paisaje patagónico o andino no es un añadido simbólico tardío, sino una experiencia vivida que la artista misma remite como fundante de su poética.

Sobre Héctor García Miranda

Héctor García Miranda (Buenos Aires, 1930 – París, 2018) es una figura clave para pensar el cruce entre arte visual, música y la geografía cultural latinoamericana desde un ámbito cosmopolita. Su trayectoria se bifurca en dos líneas que, lejos de estar disociadas, se alimentan mutuamente: por un lado, la producción plástica desarrollada desde su llegada a París en 1959, por otro, la fundación y dirección del grupo Los Calchakis, dedicado a la música de los Andes desde Europa.
En 1959, García Miranda se traslada a París, donde toma contacto con la vanguardia europea y pronto se vincula con los artistas del Grupo GRAV (Groupe de Recherche d’Art Visuel), que en 1960 funda junto a Julio Le Parc, François Morellet, Jean-Pierre Yvaral, Francisco Sobrino y Horacio García Rossi. En ese contexto, García Miranda produce obras de abstracción geométrica, juegos ópticos de líneas, colores y formas que exploran el movimiento virtual y la inestabilidad visual, en una constante relación con el ojo humano. Aunque en su obra plástica no recurre directamente a iconografías americanas, su desplazamiento hacia París permite entender su práctica como parte de un flujo de la abstracción geométrica latinoamericana, que toma de la vanguardia europea pero la reinterpreta desde otras geografías y memorias. Su obra plástica plantea un puente entre una condición latinoamericana —la migración, la revisión de la modernidad desde el sur— y una práctica rigurosa de vanguardia. En ese mismo París y en paralelo a su obra pictórica, García Miranda recurre a la música como fuente de sustento y vínculo directo con lo latinoamericano: al poco tiempo de instalarse, forma con su esposa, Ana María Miranda, el grupo Los Calchakis (1960). Su concreción articula un doble movimiento: por un lado, la divulgación de la música de los Andes para el público europeo; por otro, la reflexión sobre qué significa música latinoamericana fuera de América Latina. Así, la música se convierte en vehículo de circulación cultural, pero también de reinterpretación: García Miranda no solo toca, sino que configura la imagen de lo andino para un mundo global, ejerciendo una mediación entre continentes. Podríamos decir que, en su práctica artística, lo visual y lo sonoro no están completamente separados; ambos implican mediación, transformación y circulación entre América Latina y Europa.

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