El Bosque, la lluvia y otras escenas I FABIANA IMOLA

Acerca de la muestra.

Díptico Escritos para dos eventos diferentes desarrollados en el transcurso de 2016 y con una diferencia de pocos meses, estos textos, ahora yuxtapuestos, conforman una suerte de díptico. Su objeto es señalar algunos de los posibles sentidos de la obra reciente de Fabiana Imola reunida en esta nueva exposición: el bosque carbonizado bajo la lluvia, los escenográficos Teatrinos y la constelación de piezas metálicas desplegadas sobre placas de vidrio.  El primer escrito, tramo final del ensayo dedicado a Enramada, la última exposición antológica de Fabiana Imola, fue finalizado el 7 de marzo, cuatro meses antes de su inauguración. El mismo, tiene como punto de partida el rol estructural del dibujo en su obra; específicamente cómo a partir de éste se generan, a través de múltiples procedimientos, obras que operan en el espacio. Surge así de una iconografía fantástica de larga persistencia que justifica la imagen de una serpiente que se muerde la cola en una obra que también, como se puede ver en esta exposición, depara nuevas sorpresas. El segundo es parte de la ponencia “Politicidades y experiencias”, leída el 6 de agosto en la 12 Semana del Arte de Rosario, donde se conectan algunas situaciones vivenciadas en la última Bienal de Venecia con una de las instalaciones de la exposición: el bosque carbonizado. Obra que, a partir de las mutaciones experimentadas en su resolución final, permite aportar nuevos sentidos –más dramáticos y sobrecargados por cierto– a una producción que, es necesario marcar, ya había hecho de la búsqueda de lo bello una ética.

(Uno) Originados a partir de la observación de grietas y enredaderas, estos dibujos también se espejan digitalmente dando origen a una joyante versión escultórica:un mundo de fantásticas simetrías compuesto por insectos, cabezas de animales, agudas cornamentas y vestigios de una vegetación proliferante. Tramadas por nervaduras de acero pulido, estas piezas replican, como consecuencia del calado y a través de un sinfín de pequeñas placas, otra versión de esa vida fabulosa. Pero esta etérea interpretación de la escultura, no exenta de afinidades con las flamígeras y enmarañadas piezas iniciales –los calados cubiertos de espinas y semillas–, no constituye de una manera insular el epílogo del recorrido: un camino que por estas  asociaciones podría graficarse con la imagen de una serpiente que se muerde la cola. También hay otras realizaciones y razones que considerar. Una mirada del taller de Fabiana permite descubrir unas ménsulas sobre las que se insertan recortes de corteza iridiscente que denomina Teatrinos; son recortes plateados y dorados como los arabescos y turbulencias que dibujaba en los noventa. Junto a estas mudas escenografías –más apropiadas para una fábula animista que para el tradicional teatro de títeres– hay pequeñas láminas de metal plateado que participan de nuevas configuraciones: centellean como insectos o como pequeños pájaros desde las paredes sostenidos por imanes, se posan sobre móviles generando sutiles equilibrios, se insertan en delgadas cuerdas que traman el espacio como rayos, o soportan lluvias de varillas de las que también penden otros apéndices. Son el último eslabón de una larguísima cadena cuyos inicios han de buscarse en los fascinantes escenarios naturales recorridos por la artista: últimamente, en forma casi excluyente, las islas del río Paraná. Una escena cuyos fragmentos –troncos y muñones de árboles carbonizados que son legibles como verdaderas esculturas– han retornado con fuerza inusitada para instalarse entre las lluvias y las cortezas resplandecientes de un jardín plateado; y para protagonizar –como en los primeros tiempos– un rol privilegiado en la declarada “ficción y poética de lo orgánico”.  

(Dos) Concluida la exposición sobre esas pequeñas experiencias quisiera recalar en una situación local en la que estoy involucrado como curador; se trata de Enramada la exposición antológica de Fabiana Imola. De ésta voy a señalar lo suscitado por una obra, Bosque de carbón y plata. Inicialmente, la misma apareció como una continuidad de la temática natural y vegetal cultivada por la artista y por lo tanto como una transformación y confrontación de materialidades, colores y texturas, a tal punto que en el escrito finalizado en marzo, cuando aún ésta y otras obras recientes estaban en proceso, la mencioné como un jardín plateado donde grandes trozos de carbón aparecían entre cortezas y lluvias de metal. La cuestión es que ya en momento final del montaje la artista me comenta que esa obra le sugiere “un bosque arrasado por un bombardeo”, a tal punto que en la visita guiada previa a la inauguración señalé ese trabajo como vinculado a la iconografía de la ruina que es un aspecto de la iconografía de la guerra y a su vez de la iconografía de la muerte. Vale señalar que los árboles dolientes y los raigones han aparecido en obras emblemáticas del período de entreguerras para figurar los rastros de la violencia y que en relación a estos elementos, las tormentas y vientos que se arremolinan sobre los personajes de las pinturas no son solamente fenómenos meteorológicos sino alusiones a una catástrofe política de dimensiones planetarias: la Segunda Guerra Mundial o, en otras palabras, la tormenta que se lanzó sobre el mundo. Pero además de este hecho, el video que cierra la exposición, da cuenta de cómo la artista tuvo que producir esos tizones oscuros y en consecuencia trazar lazos de relación que la condujeron a Tomasa Ramos. Una mujer oriunda del Chaco que con el método tradicional genera esos carbones y narra cómo la expansión del cultivo produjo el desmonte del bosque, expulsando a sus pobladores y obligándolos a realizar otras actividades. Así la obra se carga de nuevas significaciones políticas que se sedimentan sobre las estrategias y perspectivas que llevaba adelante la creadora.

Guillermo Fantoni Rosario, febrero de 2017

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