ALBERTO HEREDIA

Herediado: Neologismo de novísima invención para dar cuenta de la acción de Alberto Heredia (Buenos Aires, 1924-2000) sobre la materia, lo real y lo representado, el cuerpo, el arte, la vida y la muerte. Dícese asimismo que lo “herediado” es aquello de la acción de Alberto Heredia que persiste como marca en el arte contemporáneo argentino, lo que la práctica multidisciplinaria y polimorfa ha incorporado, heredado, hered(i)ado al fin. Heredar, herediar, esas proximidades de la lengua afloran en el corpus de la obra de Alberto Heredia. Pero cada palabra que se diga, que se escriba, es inmediatamente cuestionada por sus imágenes. Cómo hablar de “corpus” (ese academicismo) sin detenerse a pensar en sus reducciones del cuerpo escultórico clásico (pedestal y bronce) a objeto mutilado: corpusitos herediados. Como un jíbaro del Amazonas, Heredia nos expone ante un bestiario de dentaduras y bocas amordazadas como representación reducida de lo humano. Se habla de “mordazas” y se piensa en la historia negra del Estado Torturador Argentino y lo herediado se reduce así a metáfora política o insumo contestatario como tanta otra obra. Pero lo herediado no es sino lo que estalla entre “mordaza” y “mordaz”, en esos intersticios del lenguaje es donde sus piezas eligen aventurarse a lo visible. Las esculturas reducidas, jibarizadas, como indescifrables figuras totémicas. Porque “Herediar” el mundo (y el arte) es enloquecer su temporalidad: lo arcaico-rústico que viene siempre de un futuro que se intuye peligroso. Entonces, si se quiere señalamiento político en lo herediado pues que se acepte su espesor lúdico: mordaza y mordaz. Esa “a” que se amputa, es lo mutilado que aparece en los Heredia. “El hombre completo, no mutilado”, razonaba Bataille y en lo herediado vemos estallar por el aire este pensamiento.

“Desierto un cielo falsea el ser/voz huera lengua espesa de ataúdes/ el ser topa con el ser la cabeza hurta el ser/la enfermedad vomita un sol negro de esputos”

(“Oh cráneo”)

Con las obras de Heredia, el decir de Bataille es expuesto en letras capitales. Y a la inversa también ¿Acaso puede decirse algo más certero que “Huele a sangre” (La experiencia interior, 1943) cuando se está frente al disparatado grotesco que propone Heredia? ¿Qué decir del “Me siento podrido” bataillano vuelto objeto en esas cajas Camembert donde arte, vida y muerte se corrompen entre sí? Viene al caso entonces que una de las imágenes clásicas de Heredia sea en París enmarcado en un momento vivo dito de Alberto Greco. Porque ese Heredia de boina e impermeable es un fantasma del diceur francófono. Su rostro nos hace pensar en Brel, Leonard Cohen al fin. Un “pudoroso impúdico”, dandy solitario y caústico, de motricidad limitada (su legendaria renguera). La lengua vertebra lo herediado también en la forma de la canción popular. Cada vez que oímos cantar aquello de “La vida es una herida absurda” (“La útima curda”) se nos representa su microcosmos de objetos vendados, suturados (piensése la misma dicción rota de Goyeneche como una extensión de lo herediado). Lo herediado, al fin, como un ensayo del dolor en el arte: del martirologio filocristiano al vandalismo espacialista de Fontana y la estética gore posmoderna. Herida: Heredia. Lo “Herediado” está antes y después, atraviesa. Es tan posinformalista como protopunk; tan bárbaro (tiene algo de fetiche paleolítico) como civilizado (está inscripto en la segunda venida de la vanguardia radical). Aflora en algún lugar entre Greco (hay papeles que parecieran intercambiables), Arte Destructivo (The Kenneth Kemble Experience), la Neo Figuración y el Arte Coso (Santantonín, Wells y después), todo ese blend 1961 que marcó cincuenta años de arte argentino por delante, y parece no tener caducidad o extender su podredumbre ad eternum. Heredia murió pero sus obras se ríen a los gritos de la muerte. Dichosos los bárbaros que hoy lo “heredien” porque de ellos será el futuro.

 Fernando García, 16 de agosto de 2017

 

×

Los Comentarios están cerrados.